Historias de café y del teso

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Federico II de Prusia, el rey que rabió por las concesiones del café.

 Era realmente grande, poderoso, ilustrado. Era Federico II de Prusia Der Grosse, el Grande. Nació en Berlín en 1712 y murió cerca, en Postdam, 74 años después. Tremendo era su genio militar que le hizo salir victorioso de la Guerra de los Siete Años. Fue llamado el rey filósofo. Y también el rey músico pues era un virtuoso de la flauta, componía exquisita música y fue alumno de Johann Joachim Quantz.

Sintió profunda admiración por un instrumento que acababa de ser inventado, el piano, y le compró 15 a uno de los fabricantes más importantes, de aquel tiempo, Silbermann.

Uno de los hijos de Bach era su Kapelmeister, su maestro de capilla, y cuando el rey tenía 35 años y Johan Sebastian 62, tuvo lugar el encuento de ambos en el palacio de Sansouci.

Uno de los biógrafos del autor de los  Conciertos de Brandenburgo o del Oratorio de Navidad, relata así el momento. Una noche, cuando Federico preparaba su flauta y sus músicos estaban listos para comenzar, un funcionario le trajo la lista de los extranjeros llegados ese día. Con su flauta en la mano echó una ojeada a la lista, y de pronto, dirigiéndose a los músicos allí reunidos, les dijo con acento de cierta agitación: «Señores. el viejo Bach está aquí!». Dejó entonces su flauta de lado y sin más dilación despachó a alguien para invitar al gran músico(…)

….El propio Federico proporcionó un complicado tema, que tocó con la flauta, para poner a prueba la capacidad de Bach como improvisador. Se dice que, aunque Su Majestad aparentó improvisarlo en ese momento, llevaba días preparándolo haciéndolo más y más difícil.

Bach quedó tan fascinado con este tema que compuso más tarde un conjunto de piezas basadas en él, principalmente cánones y fugas, que dedicó al Rey con el nombre de ‘Ofrenda Musical’l.

Llamaron también a Federico El rey masón. Dicen que modificó leyes y reglamentos para que no solo los más nobles pudieran alcanzar buenos puestos en la Magistratura o el Parlamento. Dicen que fue cruel con los polcaos vencidos. Dicen que fue tolerante y despótico. Dicen que, por más afrancesadas que fueran su cultura y sus maneras, sin él Alemania no existiría hoy.

Pero lo que a la cuadrilla, a las mesnadas, a la tropa liderada por Panchito nos importa de ese monarca que escribía poemas y publicó una inmensa y soberbia Historia de mi tiempo, es su relación con la bebida  magnífica que nos hace vivir, amar y revivir: el café, naturalmente.

En el siglo XVIII y en Prusia el café causaba furor. Lógicamente, ni se cultivaba ni se producía en el territorio cada vez más amplio de la Casa de Hohenzollen. Tampoco eran comerciantes  prusianos los que asumían su importación. El café estaba en manos de los grandes negociantes neerlandeses. Y las concesiones para su comercialización en ese estado primitivamente báltico, extendido entre Pomerania, Lituania y Polonia que acabó ocupando todo lo que hoy sería Alemania del Norte y más allá, eran lo más deseado por los hombres de negocios de la nación.

 Por supuesto, era Federico El Grande, el Masón, el Filósofo, el Músico quien concedía la bula para la importación, tueste, distribución y venta del café. Él y sus más amados cortesanos. Él que, faltaría más, era propietario de una de las compañías  cafeteras.

Deseaba el admirador de Bach y contertulio de Voltaire  proteger, sobre todas las cosas, los productos nacionales. La cerveza, por ejemplo. Se dio cuenta de que su consumo disminuía radicalmente. Los maestros cerveceros elevaron sus quejas, abominando contra la nueva y nefasta moda del café.

Federico tomó cartas, absolutistas y despóticas cartas, en el asunto. El 13 de septiembre de 1777 dictó un edicto  donde denostaba el café (decía que su consumo debilitaba a los ejércitos…) y alababa la bebida de los antepasados, esa cerveza con la que el pueblo elaboraba sopas y regaba asados.

Prohibió el rey poeta la comercialización y toma de café. Es más, aunque ni siquiera nuestro Panchito pueda creerlo desde su mirador acristalado de Plaza Gipuzkoa, llegó a crear la figura de los…. ¡¡¡olfateadores de café!!!!.

Eran inspectores que entraban en las casas y en los almacenes y, sí, sí, sí, olfateaban el ambiente y metían sus narices entre los sacos, los jarrones y las alacenas por descubrir si en mansiones y cabañas se seguía degustando el noble mas ahora ilegal líquido.

Mientras tanto, Federico vendía su café a precios desorbitados a los más  acaudalados aristócratas mientras que la nueva clase burguesa importaba en secreto y con sumo riesgo decenas de sacos y el pueblo trapicheaba en las fronteras del reino como podía  y con lo que podía. Porque, entre otras delicias cafeteras,  se habían acostumbrado todos,(se habían vuelto adictos, no vamos a negarlo) a un plato llamado puré de café, que,   nos bastaría con probar una cucharada para creerlo, levantaba a los muertos…

Al final, visto que había transformado la Gran Prusia en un país de contrabandistas y  consciente de que, además, dejaba de recibir suculentos beneficios por las tasas de importación y las cargas aduaneras, el Rey que en 1785 firmaría  un tratado de amistad y comercio con los Estados Unidos de América, reconociendo así la independencia de la nueva nación, invalidó el decretó, levantó la prohibición y todos, plebeyos, ciudadanos, nobles, aristócratas, ladrones y cortesanas volvieron a beber café. En señal de triunfo y jubilo cantaron, ya os lo imagináis qué,  la cantata  Schweigt stille, plaudert nicht.

Sí esa, claro. La cantata del café, la BW 211. De Bach, por supuesto.

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Begoña del Teso

Begoña del Teso

Comentarista de Cine. Entrevistadora. Reportera.
Fan fatal de los vampiros, las motos y el café.

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