Historias de café y del teso

¿Les apetecen unas cookies, Monsieur Voltaire, Monsieur Rousseau?

El café había embrujado, hechizado, endemoniado a los europeos del siglo XVIII. Cuentan que un pensador, un poeta, un dramaturgo, un filósofo, un polemista, un provocador, un  magnífico escritor de cartas, epigramas y aforismos  como Voltaire (1694-1778) tomaba entre ¡50! y ¡60! tazas de nuestra bebida favorita al día. Muchas  de ellas las degustaba en el Café Procope (rue de l´Ancienne Comédie 12, París) mientras  entretejía los fundamentos de la Ilustración y de la Revolución Francesa que vendría algo después de su muerte.

Fundado por un siciliano en 1686, 20 años después de que el café fuera introducido en la corte francesa, el Procope continúa hoy abierto. Famosas fueron las tertulias mantenidas allá en tiempos ilustrados y pre revolucionarios y  en él se rindió honores al  cadáver de Marat antes de ser enterrado en el Panteón.

Voltaire, que reconocía que el café era un feliz veneno  que llevaba bebiendo hacía 40 años, fue advertido por su médico de que su adicción le mataría pronto. Se equivocó. Murió a los 83 años. El autor de Ensayos sobre la historia general y sobre las costumbres y el espíritu de las naciones  polemizó mucho, muchísimo , con Jean Jacques Rousseau (1712-1778) que escribiera El contrato social y fuera otro de los padres de la Ilustración y posterior Revolución, la que trajo el Terror pero también el sueño de Liberté, Egalité y Fraternité.

Frecuentaba igualmente Rousseau el Procorpe. Bebía también café Jean Jacques. Lo bebía y lo adoraba. Decía no conocer perfume más embriagador y confesaba que si al subir a su mansión sentía que alguien estaba preparándolo, se detenía en las escaleras para saborear el olor y dejaba su puerta abierta para que penetrara en su gabinete. Cuentan que muchos intelectuales que le visitaban, sobre todo los llegados de las Antillas, le traían granos de café como el más exquisito de los presentes. Tan magnífico que a veces lo rechazaba, arguyendo que no tenía nada tan precioso con lo que responder a regalo tan perfecto y al no poder hacerlo, quedaría siempre en deuda con quien se lo había ofrecido; envilecido por ingrato.

Cuenta que Voltaire a veces tomaba el café mezclándolo con chocolate caliente. De Rousseau sus numerosos enemigos difundieron tras su muerte  que se había envenenado mezclando veneno con su bebida amada… Paparruchas.

Sería hermoso encontrarnos con los fantasmas de François Marie Arouet y Jean Jacques en el Procorpe, tan cerca del barrio de Saint-Germain-des-Près, allí donde se inventó el bebop) y ofrecerles que probasen dos buenas tazas de café Panchito (¿un Kenia o un Colombia Supremo quizás?) acompañadas de alguna de esas cookies que están haciendo furor en las boutiques-degustación de plaza Gipuzkoa,  calle Fuenterrabia y Reina Regente. Cookies creadas por reposteros creativos con obrador cerca de la bahía de Txingudi, entre Hendaya, Irún y Hondarribia. Cookies hechas con oreo o con nutella; cookies de un color y una textura tan increíbles que reciben el nombre de Red Velvet (terciopelo rojo). Cookies tan à la page que las hay hasta de chocolate Dubai; ya sabéis, la chocolatina rellena de  kadaif (esa masa oriental llamada ‘filo’ picada) y crema de pistacho y tahini (pasta de sésamo). Chocolate Dubai, creado en 2021 por la chocolatería emiratí Fix Dessert Chocolatier y puesto de moda por los y las influencers de medio mundo…. En medio mundo.

Sí, reunirnos con Voltaire y Rousseau. O sus espíritus Al fin y al cabo, ellos también fueron influencers. A su manera. Hace tres siglos. Un café con ellos. Y unas cookies. Invita maese Panchito.

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Begoña del Teso

Comentarista de Cine. Entrevistadora. Reportera.
Fan fatal de los vampiros, las motos y el café.

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