Historias de café y del teso

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Un cortado en el mercado de Antibes

El café es imprescindible para mantenerse vivo, activo, en marcha, saludable y dichoso en un acontecimiento tan salvaje, hermoso y sin límites como resulta ser el Festival International du Film de Cannes, donde Tom Cruise desciende de los cielos sobre el helipuerto habilitado en el Grand Auditorium Lumière, famoso por sus escaleras cubiertas por la alfombra roja más legendaria del universo cinematográfico.

El café, sí. Más aún si la edición de este año era la número 75, la primera sin restricciones desde que estalló la pandemia. Más aún si en su segundo fin de semana, esta concentración de estrellas, productores, cineastas, compradores, vendedores, distribuidores, políticos, críticos, investigadores y o aficionados considerada los auténticos Juegos Olímpicos del Cinematógrafo y las artes, la ciencia y las finanzas de lo audiovisual  coincidía con otras celebraciones  apabullantes como fue el Grand Prix de F1 de Mónaco, donde un mexicano, Cheto Pérez, derrotó a la brava y en la curva de Santa Devota al niño mimado del Principado, Charles Leclerc. O como fue la celebración del larguísimo puente de la Ascensión, iniciada el jueves 26 de mayo y en realidad no concluida, para algunos, hasta el domingo 5 de junio, festividad de Pentecostés, otra gran fiesta de los francos.

También resultó que en la ciudad italiana de Ventimiglia,  a unos pasos de Francia y a otros de Montecarlo, lugar famoso por sus bares, sus helados, sus flores, su estación de tren  y su no estar demasiado lejos de San Remo, tenía lugar  su habitual Mercado en el que se puede encontrar cualquier objeto oficialmente improbable de encontrar.

Sin café. Sin café en vena todo ese magnífico maremágnum, cataclismo o locura habría sido imposible de resistir. Sobre todo para aquellos que, habiendo reservado tarde y mal, llegaron a  pagar 750 euros por una habitación torcida en un hotel de dos estrellas.

Sin café habría sido imposible. Como sucede en los certámenes de Berlín y Donostia, el gigante suizo  que vende nuestra bebida favorita encapsulada en aluminio, asumió el gasto de cientos, miles de litros de café como patrocinador oficial de Cannes, miles de litros servidos en las distintas terrazas y stands del Grand Palais que mira a los Alpes Marítimos, a la Isla Margarita y al Mediterráneo.

Pero nuestra idea de lo que es el Café no tiene nada que ver con la de George Clooney. Afortunadamente, en la Costa Azul estás siempre a unos metros de Italia así que en la bellísima Niza, por ejemplo,  oyes por la mañana bien temprano los motores de las furgonetas repartidoras de la marca turinesa Costadoro fundada  en 1890. Marca a la que se unieron en 1922 los hermanos Trombetta y en el 64 el Caffé Abbo de Pinerolo.

Y si no es Costadoro puede ser, debe ser, Malongo, el café a tomar a unos cuantos metros de la Promenade des Anglais, del hotel Negresco y de la playa de guijarros. Malongo tiene su expendeduría-cafetería-atelier barista en el número 39 de la avenida Jean Médecin, por donde pasan, silenciosos y lindos, los tranvías y no muy lejos de una maravillosa Cava de Jazz sita en la Rue d´Angleterre.

Malongo empezó a tostar café en Niza en 1934. Su radio de acción eran 100 kilómetros y la cantidad de café tostado, vendido y servido, 40 toneladas al año. En 1952 se convierte en el primer torrefactor de la región de los Alpes Marítimos y se hace presente en el sureste francés. En 1992 comenzará su aventura y su implicación con el Comercio Justo. Trabaja con pequeños productores de Laos, Burundi, México…

En 2022 sigue siendo un placer inenarrable tomarse un  moka etíope Gran Reserva en su terraza junto a la catedral de Niza.

Pero antes que Niza  si uno viene de Cannes estña Antibes, famosa entre otras cosas no solo por su Museo Picasso y por su puerto, mil veces conquistado por piratas bereberes, sino porque tan importante es en esa zona el cultivo, procesado y venta del azafrán, que el barrio donde habitan sus productores tiene alcalde propio y se rige por las normas decididas en asamblea.

A Antibes se va, igualmente, para pasear por los jardines cercanos a la estación, que llevan del nombre de Pierre Cassin, judío y bayonés, uno de los redactores de la Declaración de los Derechos Humanos. A Antibes se ha de ir por el Absinthe Bar, lugar deliciosamente diabólico dedicado a una bebida prohibida en Francia hasta hace unas pocas décadas: la absenta. Hay quien piensa que el peligro de este brebaje mágico se debe a su altísima graduación alcohólica, que hay que diluir (mediante un auténtico y estricto ritual) con agua azucarada pero en realidad el asunto es más maléfico. Elaborada no solo con anís verde, hinojo  y ajenjo grande, su ingrediente, digamos que secreto, produce exquisitas melopeas y  sutiles alucinaciones.

A la vuelta de ese bar, que es también sugestivo museo, a la vuelta del 25 de la Cr Masséna, justo en la zona del Mercado Provenzal nos encontraremos con un lugar donde nos servirán el brebaje adecuado para despejar nuestra cabeza de los vapores de la llamada ‘Hada verde’. Entremos en el  Copenhagen Coffee Lab, artesanos tostadores daneses que desde 2013 se expanden por media Europa, llegando no solo a la Provenza sino también a Lisboa o Hamburgo  mientras trabajan con campesinos de, por ejemplo, el valle de Cauca en Colombia, gentes de Perú o cafeteros del estado brasileño de Minas Gerais.

Un lugar apasionante donde tienen muy claro que un  cortado no es un café con leche en taza pequeña ni siquiera un solo con una ‘noisette’, con una nubecilla de leche. Y por supuesto, un ‘cortado’, escrito así en castellano  en la pizarra,  tampoco será nunca un ‘espresso macchiato’. En el Laboratorio del Café de Antibes un ‘cortado’ se hace con dos ristrettos  y espuma de leche.

No queda muy lejos ni del Lab bi del Absinthe Bar el  Nomads Coffee, el sueño cafetero de una chica vienesa llamada Evelyn Priesch. Propone para esta primavera que se acaba y el verano  que llega en ya su espresso on the rocks y también un capuccino on the rocks. Propone hasta un Cold brew summer tonic, cuyo secreto está en la altísima calidad del café empleado y el  valor añadido de una buena y clásica tónica. Puede llevar, claro, como el ‘maracas’ que preparan en coctelera en el Bella Easo de Donostia, peladura de limón. O cáscara de naranja…

Volviendo de los citados lugares hacia  la estación para llegar a tiempo a la gran clausura de la edición 75 de Cannes aún podríamos pararnos en una esquina de la plaza enel Cafe Marius. Él es un gran barista y su Café Frappé Glacé, un clásico incontestable hecho a prtir de buen grano de altura.

Solo el mejor café (y la más excelsa absenta) puede mantenerte con y en vida el fin de semana que en Francia, Montecarlo e Italia coinciden el Cine, el Motor, la Ascensión y el  Mercato de Ventimiglia.

Panchito lo sabe, vaya si lo sabe.  Por eso se quedó en este su imperio masticando   el sutil contenido (25 gramos) de los sobrecitos de snacks Enkamania, elaborados bajo el asesoramiento del nutricionista Arnaud Cocaul. Los hay cargados de minerales. O de calcio. O de potasio. De nueces. De higos. De… Realmente, hay días  cuando una necesita café y…algo más.

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Begoña del Teso

Begoña del Teso

Comentarista de Cine. Entrevistadora. Reportera.
Fan fatal de los vampiros, las motos y el café.

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